
En su nuevo film, Quentin Tarantino vuelve a demostrar su pasión por el cine y plantea una interesante metáfora: para el realizador, el proyector y la pantalla grande se convierten en armas de guerra con una potencia devastadora. Situada en Francia, durante la Segunda Guerra Mundial, la película cuenta la historia de Shoshanna (Mélanie Laurent), una joven francesa judía cuya familia es masacrada por órdenes del temible coronel nazi Hans Landa (Christoph Waltz). Ella escapa y en París se convierte en dueña de cine, sin dejar de pensar en la venganza. Mientras tanto, el teniente Aldo Raine (Brad Pitt) comanda un grupo de soldados yaquis judíos que, bajo el nombre de “Los Bastardos”, se dedican a cazar miembros del ejército alemán. Si bien las historias se muestran por separado, ambas convergen en el último de los cinco capítulos en los que está estructurada la historia.
Hay también un muy buen cast de actores, entre los que se destaca Christoph Waltz. El actor compone a uno de los mejores personajes, un villano terriblemente inteligente, siniestro, y políglota: el “Cazador de Judíos”, que se divierte provocando miedo. La actuación, que hizo a Waltz ganar un premio en el festival de Cannes, es la mejor del film.
La venganza y, sobre todo, el poder transformador del cine son los temas de INGLOURIOUS BASTERDS: el clímax de la trama llega durante el estreno de un film de propaganda nazi, y el momento elegido no es casual. INGLOURIOUS BASTERDS es mucho más que una película de guerra: sorprende, es compleja, inesperada, provocadora y está hecha con un estilo muy personal por parte del director. Sí, hay algo de soberbia y de regodeo en ese cancherismo cool, pero Tarantino es Tarantino y, como el “Oso Judío” –uno de los personajes- está dispuesto a abrir cabezas, aunque no quede otra que hacerlo a batazos.
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